viernes, 9 de octubre de 2015

SALA DE ESPERA

Sala de espera



Por: Maricarmen Hernández 


     Apenas llegó, un tirón de corriente recorrió su cuerpo. La sala estaba fría y se podía percibir un leve olor a suero en el aire. Subió el cierre de su abrigo y se sentó en la silla del medio en la última fila, dónde acostumbraba. Cruzó las piernas y esperó a que la enfermera encendiera la televisión. Aquel día había sido bastante tranquilo a comparación de otras ocasiones, el hospital se encontraba “en calma”.

       Los consultorios estaban ubicados después de un mostrador de mármol, de apariencia tan álgida como el recinto. Las puertas estaban cerradas y solo se podía apreciar el brillo de las plaquitas con los respectivos nombres de los diferentes especialistas.
    Debía esperar allí un buen par de horas, su hermano terminaba el turno a las cuatro de la madrugada del día siguiente. Procuraba ir preparada para la larga jornada. Llevaba consigo siempre una mochila con un buen libro, un cuaderno y un lápiz, un Nintendo DS, su teléfono celular y suficiente dinero para comer. Ya conocía a todo el personal: enfermeras, doctores, administrativos, conserjes y paramédicos; conocía cada esquina de aquella gran estructura llena de historias (que también conocía). Llevaba visitándolo desde que tenía unos 13 años y actualmente contaba con 21. No le sorprendía ni perturbaba nada, estaba, como dicen, “curada de espanto”. Sin embargo había algo que no le aburría en lo absoluto, observar las personas que llegaban a aquella sala de espera. Suena extraño, pero, le gustaba ser espectadora de tantas y diferentes historias, unas trágicas o milagrosas y otras alegres o de rutina, pero todas tan interesantes como cualquier libro de historia, pues, las personas son como textos, tan diferentes y tan semejantes a la vez.

         La noche llegó. Las luces de la ciudad se avistaban por los vidrios del edificio. Había entrado la próxima enfermera de turno en la lista, la señora Mariana. Le saludó con una sonrisa y se ubicó en su puesto de trabajo. Acababa de empezar su momento favorito del día, irónicamente, la noche; algunas veces agitadas y otras tranquilas. Personas, no, pacientes de todas las edades entraban con sus dolencias y salían no curadas pero puede decirse que en vías para mejorar. Gritos, risas, llantos, estornudos, susurros y tos era lo más común que solía escuchar.
     Muchas veces le habían hecho la pregunta ¿cuál es tu lugar favorito? Le tomó mucho tiempo darse cuenta de que no había mejor lugar que ese, el lugar dónde podía observar a cualquier persona en su faceta más humana, más sensible, además de todas las historias que cada silla y pared guardaban como secretos con el paso del tiempo, la sala de espera. 

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