viernes, 9 de octubre de 2015

814

814

por Tiffany Wang



           Son las 3:45  de la tarde de un jueves en abril, quince minutos para que se acabe la clase de Derecho Mercantil, Rebeca recibe un mensaje de su amiga Amy.
“¿Ya saliste?” lee Rebeca mientras trata de esconder el teléfono.
“Como en unos quince minutos se termina la clase” Rebeca le escribe devuelta a su amiga. “Te veo a las cinco en la salida de tu centro de idiomas”.
Dos minutos después, Amy responde: “Sí, pero creo que me tardaré un poco. La profesora llegó tarde y ni he empezado a presentar”.
Rebeca le responde pocos minutos después “tranquila, yo te espero”.

Culminada la clase, Rebeca es la primera en salir. No aguantaba estar otro minuto más encerrada en ese salón de clases que parecía más como el desierto Antártico. Camina hacia la parada del autobús mientras disfruta del clima soleado pero no muy caluroso. Se sube al bus 74 y se sienta a lado de una ventana. A diferencia de muchos, Rebeca no utiliza el celular en el bus porque le da mareos leer cuando siente que está en movimiento. Mira el paisaje de la ciudad, las personas caminando, las motos y carros que pasan a lado del autobús. Mira los rascacielos y se imagina después de graduarse, poder trabajar en el departamento legal de cualquiera de las empresas que tenga sus oficinas en uno de esos edificios. Se percata que se está acercando la parada de la universidad donde está localizado el centro de idiomas cuando ve el parque que usualmente iba a correr cuando vivía en esa parte de la ciudad.

Se baja del bus y camina hacia el campus. Pasa y ve una estatua de  alguna figura importante de la universidad.  Mientras atraviesa por los jardines llenas de flores  coloridas y aromáticas, le escribe a  Amy “Ya llegue. Voy para tu edificio”. Llega al edificio del centro de idiomas, toma el ascensor y llega al piso  ocho.  Al salir del ascensor, aprecia la vista aérea que tiene de la biblioteca, unos estudiantes tratando de meterse las ideas por la cabeza y otros hablando entre ellos. Rebeca camina hacia el salón de Amy, el 814. Ve que todavía no ha terminado y decide irse a sentar en el sillón de cuero negro que está al final del pasillo que usan los estuantes para estudiar o tomarse una siesta. A los cinco minutos sale Amy de clases. Ve a Rebeca sentada usando su celular y va hacia ella.  Se dan un abrazo fuerte de cuatro segundos porque no se habían visto en un largo tiempo después de su graduación de secundaria, seis meses para ser exactos.  Eran amigas desde séptimo grado cuando Amy  y Rebeca tuvieron que trabajar juntas para un proyecto de la clase de ingles.  Aunque muy diferentes, las dos han sido muy buenas amigas al pasar de los años.
“Hola”, saluda Amy
“Hola,  ¿Cómo te fue?” responde Rebeca felizmente de ver a Amy
“Bien. La profesora es muy flexible, asi que creo que nos fue bien”, bromea Amy. “Ire al baño rapidito y de ahí salimos”.
“Ok, vamos” dice Rebeca
“Pero se me quedo el cuaderno en el salón y mi celular cargando. ¿Puedes ir a buscarlo mientras que voy al baño?”, pregunta Amy. “Es en el 814”
“Dale, no hay problema”, responde Rebeca un poco irritada. “Te veo en la salida del campus”.
Amy va al baño del piso de abajo porque usualmente en la hora de salida se llenan los baños de ese piso. Rebecca entra al salón 814 y prende la luz. Las paredes pintadas de blanco con mapas del país colgado en la pared y otros avisos que dicen “Recicla los Papeles” y “Apague la luz cuando salga”. Mientras Rebeca busca el celular, una ráfaga de viento atraviesa por la ventana causando que se cerrara la puerta. Rebeca no se percata y sigue buscando el celular. Lo encontró finalmente. Estaba conectado en la parte trasera del salón tapado por las sillas. Lo agarra y pasa por las sillas para coger el cuaderno de Amy y se dirige a la puerta. Trata de abrir la puerta pero no puede. Sacude la manigueta múltiples veces con desesperación. En ese momento se dio cuenta que la puerta se dañó, que se quedó encerrada.  Intenta llamar a Amy pero se percata que es inservible, el teléfono de Amy está en sus manos. Golpeando la puerta, grita por ayuda. No hay nadie en el piso ocho para ayudarla. Son las 5:30pm, ya todos los estudiantes se fueron. Rebeca suda frio y siente los latidos rápidos de su corazón.
“Tranquila, tranquila, Amy subirá a buscarte”, Rebeca se dice a sí misma para calmarse. “Ay Dios, porque me pasa esto… tranquila”
Rebeca es de una personalidad fuerte, le gusta estar en control. Ahora no está en control, se siente desesperada y no sabe qué hacer. A Rebeca le da vuelta todo, se cae y se golpea con una mesa y  termina desmayada en el piso por la ansiedad y alteración que tenia.

Después de salir del baño, Amy  se dirige a la puerta del campus como habían acordado. Pasaron diez minutos y notó que Rebeca tardaba mucho en regresar.  Decide regresar a buscarla temiendo que Rebeca se haya perdido en el campus o fuera a otra salida que no era. Llega la salón 814 y ve a Rebeca en el suelo. Trata de abrir la puerta pero no logra. Le grita pero no parece poder escucharla. Amy trato de buscar a alguien pero era en vano, no había nadie.  Amy temía por Rebeca. Vio sangre en el piso y pensó lo peor. “qué tal si se golpeo la cabeza y tenga una hemorragia interna” pasó por la mente de Amy. Ella necesitaba rescatar a su amiga. Fue al salón de alado y abrió la ventana.  Su plana era salir por la ventana y tratar de entrar por la ventana del otro salón. Cuando intentó subirse, un hombre la agarró. Era un bombero. Ella estaba agradecida que llegara ayuda y a la vez  se preguntaba como supieron  todo lo que estaba pasando. Los bomberos derriban la puerta con un mazo y llegan los paramédicos para atender a Rebeca.  Los bomberos le explican a Amy que Rebeca había llamado al 911 y diciendo que estaba atrapada en un salón de clases.
Amy se acerca a Rebeca mientras los paramédicos la revisan y le dice “tu siempre estas llena de imprevistos”.
“Querrás decir que siempre estoy preparada, en control hasta el final” le responde Rebeca con una sonrisa mientras que le terminan de desinfectar la herida que tiene el brazo izquierdo. 

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